Fundación Amigos de la vida

La Fundación AMI – Amigos de la vida,  nace de una gran preocupación por el sufrimiento de niños y niñas por falta del cumplimiento de requerimientos que demanda su naturaleza como ser vivo.

Las siguientes consideraciones nos motivaron a su creación y continuan vigentes en la experiencia de Fundación AMI.

El desconocimiento de las necesidades y recursos del niño, lleva equivocadamente a muchos adultos a una serie de prácticas que generan malestar en las relaciones adulto- niño y consecuentemente dan lugar a un sinnúmero de dificultades y trastornos, cada vez más predecibles.

El niño necesita desarrollar sus percepciones, de manera concreta, experimental,  espontánea y autónoma, para incorporar en sus esquemas mentales el conocimiento de cómo funciona este mundo y poder ubicarse y actuar en él. Y es necesario comprender que nadie puede reemplazarlo en estos aprendizajes!.

El logro de una inteligencia amplia en el niño es posible gracias al sustento de afecto incondicional y parámetros claros y firmes de parte del adulto. Con esta motivación y en un proceso paulatino, adquiere una sabiduría cada vez más consciente y profunda de su ser, de sus capacidades y limitaciones, para ejercer una incidencia adecuada en su vida y en su medio.

Sin embargo, vemos que el adulto actúa contradictoriamente a estos requerimientos que las leyes de la naturaleza han definido para la especie humana. Tan pequeño el niño y aún dentro mismo del vientre de la madre, es objeto de múltiples manipulaciones, muchas veces en nombre de la ciencia o la educación. Entonces, al niño se lo convierte en objeto sobre el que el adulto ejerce poder y le somete a su lógica de adulto. El niño se ve forzado a luchar contra sus emociones y su necesidad auténtica de moverse, explorar, tomar decisiones, concentrarse en algo que le interesa y por el tiempo que su organismo necesita hacerlo para conectar e integrar adecuadamente la variedad de experiencias en su sistema nervioso.

La incomprensión de estos procesos vitales, el apuro y los problemas del adulto y entre adultos, provocan frustración y sufrimiento en el organismo del niño. Conforme crece, sus procesos internos van tomando un carácter adverso a su propia naturaleza: cambia la forma y la química del cerebro, el organismo actúa en función de bloqueos para proteger las delicadas estructuras mentales y orgánicas que necesitan desarrollarse. Probablemente irá ampliando su necesidad de endorfinas para ejercer bloqueos, provocando daños que en algún momento denotarán perturbaciones mentales y orgánicas de diferente índole, aún en su corta edad.

Cada vez más, saltan visible y crudamente las señales de sufrimiento en el niño: aburrimiento, hiperactividad, obediencia, rebeldía frente a todo, tendencia a necesidades sustitutivas, doble moralidad, dificultad para tomar decisiones, agresividad, entre otras manifestaciones.

Constatamos a nuestro pesar, que si no cambia la actitud del adulto y consecuentemente si no cambian las condiciones del entorno donde se dan las vivencias del niño, su calidad humana se afecta notablemente y se vuelve sumamente difícil su recuperación, lo que implica grandes sacrificios personales y económicos no solo para la familia sino también para la sociedad.

En este contexto, nos hemos propuesto crear condiciones para proteger al niño y comprenderlo, brindando referentes de buen trato al niño y al adulto, porque no somos el uno sin el otro.

Así creamos Fundación “Amigos de la Vida” AMI, legalmente establecida el 05 de mayo de 2003.

 Hoy por hoy consideramos que este desafío no hubiera sido posible, sin la base de las extraordinarias experiencias concretas, del estudio y la reflexión por más de 27 años en el enfoque de una educación por medio de la actividad autónoma y espontánea de niños y adolescentes, en la Fundación Educativa Pestalozzi en Ecuador, donde comenzamos haciendo realidad  el ideal por una educación respetuosa de las necesidades y expresiones de nuestros propios hijos. 

Todo nuestro andar nos confirma la factibilidad de una reorientación de las acciones del adulto en torno a su relación con el niño. La fortaleza para un cambio emana de nuestras mejores vivencias  y puede consolidarse cuando encontramos un medio donde nos sentimos respetados,  aceptados  y tomados en cuenta en nuestras  dificultades y  necesidades de comprender y actuar de manera auténtica.  Así como el niño,  los adultos apreciamos  el acompañamiento de personas confiables, tanto por su conocimiento y seguridad  como por su delicadeza y  comprensión.

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